EDITORIAL


19 Feb
19Feb


Decía una autora: “Necesitamos recuperar un lenguaje capaz de ‘romper el hielo del corazón’”. Y este, pensamos nosotros, es el lenguaje bello de la poesía lírica, el cual, como decía Gabriela Mistral, es la sombra de Dios en el universo. A nadie le cabría duda que vivimos en una cultura de la imagen y el simulacro, llena de discursos y palabras vacías que en lugar de sensibilizar el corazón lo mecanizan y monetizan, y cobran la vida del ser-ente.  También por esta razón, la edición presente de nuestra revista brindamos a nuestros lectores la oportunidad de leer a tres poetas, dos de ellos pertenecientes a nuestra Asociación, y uno invitado especial de otro continente. Es claro que, además de poesía, brindamos a nuestros lectores otros géneros como son la entrevista, la crítica literaria y la reseña de obras que merecen quedarse en la memoria y estanterías de la literatura latinoamericana contemporánea.  

       Pero, ¿qué significa escribir poesía lírica, y literatura en general, en un contexto como el de América Latina donde no es urgente? El arte poético lírico verbal está conformado de dos elementos en tensión o equilibrio analógico que no se anulan entre sí: uno interno inmaterial (emoción) y otro externo material (la forma o estructura, de la mejor manera lograda, vanguardista o no), donde vuelca la primera.  No es con el primero únicamente, sino con ambos elementos que el artista y su obra pueden generar algún efecto poético sensorial placentero, análogo al del artista, en el alma del receptor/lector, y evitar que su obra sea apenas un simulacro; ya Nietzsche mismo ha dicho que el arte no puede carecer de fin: debe estimular la vida. La emoción inmaterial e inefable se sirve de la forma material bella para cumplir su cometido y llegar a ser lo que es: voluntad de poder. La emoción por sí sola, al menos en el arte poético, es incomunicable, incapaz de objetivarse y de hacer justicia a la forma  ni al principio hermenéutico de interpretación de que el significado o el sentir (experiencia estética) de un poema hay que palparlo o sentirlo en su conjunto, es decir, a través de sus dos elementos y de todos sus versos. 

    Así  el arte poético lírico verbal y también el poeta lírico expanden su ser hacia la plenitud o develación de sus capacidades. Humanamente hablando, el crear del poeta es un ejercicio vital que no solo lo plenifica y le permite proporcionar “ser” a lo que aún no es (el poema), sino que también trae gozo  y plenitud, y sensibilidad humana a otros: los lectores. Por eso, el arte poético lingüístico no debiera verse como un apéndice e ilusorio (“¡Ah, eso es pura literatura!”) irrelevante y ajeno a la vida y la cultura; el arte es necesario en ella como afirmador de la vida, frente a la verdad que impera hoy fundamentada en filosofías y políticas partidistas ilusorias: depravación y muerte del ser y de su medioambiente.  

     Aquí, creo yo,  está la misión sublime del poema y del poeta, incluso del místico quien desea cantar en lenguaje humano lo inefable (Dios) mediante apenas balbuceos: perfilarse como una fuerza embriagada de vida contra el nihilismo del Occidente actual. Y está también la misión de la cultura en general, incluyendo la cristiana: darle la recepción que merece. 

   Muchas gracias por leer y compartir nuestra tercera edición 2021.

 Poeta George Reyes, Fundador/Director.


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