23 Dec
23Dec

Los rayos rutilantes laceraban la flecha más larga del reloj, que pendía de la pared hecha de enormes adobes en el templo centenario de su caserío. Como de costumbre, después de engullir apresuradamente cerca de una veintena de ocas sancochadas y un trozo de queso ahumado, él debía de dirigirse al bosque para cumplir con su tarea cotidiana. La misma que consistía en recoger un buen hato de leña.

La proximidad del invierno serrano solía venir acompañado de torrenciales lluvias. Pero Diosdado colocaba su sombrero de lana multicolor en su cabeza, las soguillas cruzadas en el hombro a manera de escudo y su bolsico derruido por el transitar de los años.

Ubicaba la funda de cuero a la medida del machete, la que sujetada a la vez una pita gruesa con forma de correa. Una botella plástica contenía el emoliente a base de hojillas de lanche, aromática bebida especialmente para los sustos que llevaba a cuestas. Su caja de resonancia captaba los consejos y recomendaciones de la señora Paula, su madre, y solamente asentaba su cabeza en señal de conformidad y ese rictus de siempre de  estar contento, nunca lo perdía.

En su extraño rostro triangular se notaban tres cicatrices en forma de cruz y sus pecas salpicadas agraciaban con sus ojos gatunos. El pequeño era el más enfermizo de los nueve hermanos, pero siempre salía bien librado de ciertas dolencias comunes. Casi dos horas cuesta abajo tenía que recorrer el niño, para recoger la palizada seca de la vertiente del río y mientras lo hacía, sus baquetas o zapatos rústicos de caucho iban lacerando los empeines.

Al colorado de Diosdado le agradaba la cancha soasada, y parecía cabrita intranquila, saltando de piedra en piedra. Colocaba las piedras más esféricas que recogía del lugar para colocarlas en su honda de caucho elástico y con suerte llevaba a casa unas cuantas cuculas o palomas pamperas que abundaban en la zona. A pesar de su serenidad, el niño era portador de una envidiable puntería y por lo tanto aseguraba la cena a su retorno.

Mientras pasaba la hora y la danza de sus minutos, doña Paulina no podía conciliar el sueño. Un viernes trece mientras se divertía en la hamaca, su comadre le hablaba al otro lado del cerco de espinas y piedras, pero ella, al parecer no la escuchaba. Su pensamiento yacía en otros lares. Estaba intranquila y sus arterias se aceleraban por momentos. Los gallinazos que volaban en forma espiralada la ponían meditabunda.

Por otro lado, el gran Dado como le llamaban de cariño, transpiraba a chorros halando los troncos secos que arrastraba la corriente del río, usando un gancho improvisado de Guayaquil con un alambre doblado en uve. El eco de su respiración era registrado a lo lejos por un atalaya singular de estos parajes salvajes. Era un felino montañez de regular tamaño el cual empezó a rodearlo con la mirada fija en la silueta humana y este ignoraba el peligro.

Algunas gotas de agua comenzaban a precipitarse sin control, y su mirada infantil la enfocaba en una perdiz covando en el nido que se dejaba divisar con ocho crías temblando de frío. Se acercó despacio como pidiéndole permiso para recoger los huevos morados de otro nido que había sido descuidado. Los introdujo al bolsico y se los imaginó fritos con tortillas de trigo. Al poco rato se percató que el tiempo había avanzado más de la cuenta y comenzó a atar fuertemente el bulto no muy voluminoso de leña recogido hasta entonces, pero, al notar que aún faltaba decidió descender al río para juntar más leños.

De pronto,  producto del apuro, el pequeño rodó hasta las turbulentas aguas que parecía devorarlo corriente abajo. Él, intentaba pedir socorro, pero la facultad del habla no nació en sus cuerdas vocales y su fin estaba cerca. Y mientras las fuerzas se le agotaban logró cogerse de una rama de totora. Misteriosamente se le acercó aquel puma que lo divisaba desde lejos y de la impresión de verlo tan cerca este se desmayó, en el instante en que la fiera lo sujetó de su camisa con su mandíbula. Su madre, otra vez volvía a sentir una presión en su pecho e intranquila se mostraba. 

Rato después, el gran Diosdado abrió los ojos dentro de una cueva, ubicada en el pináculo de una montaña cercana. Sentía un ardor en los codos, rodillas y los tobillos, pero estaba cansado con la mitad de la camisa azulina en el cuerpo. Al mismo tiempo sus padres y familiares lo buscaban intensamente donde acostumbraba a recoger la leña de la vertiente., y grande fue su pena al hallar la mitad de la camisa azul a orillas del torrente. El llanto era estruendoso, tanto así que el eco desgarraba el corazón hasta las aves más nocturnas.

Con esa evidencia se convencieron que su hijo Dadito, había fallecido en las furiosas aguas del afluente. Sobre el ataúd el pedazo de tela era sujeto de llanto, tristeza y un rosario de oraciones consoladoras. Ya dentro de la cueva, el niño se recuperaba de las heridas en especial del profundo corte al costado derecho de sus costillas y que gracias al cuidado del felino, estas se iban sanando. Carne de conejo y otros animales se veía desparramada por todos lados. Diosdado no recordaba nada y su memoria había desaparecido, al parecer, un golpe en su cráneo lo había trastornado. 

Seis días después, otros pastores de ovejas divisaron al niño Dado ingresando a la cueva del puma, y  pensando que había sido una ilusión, no le tomaron importancia. Pero, resulta que ante los comentarios seguidos y al oír sus padres, estos se interesaron en espiarlo con un rifle en la mano. Días van y días vienen, hasta que vieron salir de la abertura semicircular a su pequeño hijo. La madre casi se desmaya al verlo. Tenía los cabellos largos y el pantalón hecho tiras, mas sus pies lucían descalzos. Ellos no soportaron más y fueron a su encuentro. Cuando estaban a una distancia de aproximadamente veinte metros vieron brincar al felino sobre él, y el padre corrió a toda prisa gritándolo por su nombre para impedir que la fiera le haga daño. Al pararse a escasos metros, y cuando estaba a punto de disparar, Diosdado recuerda a su progenitor y levantando sus brazos, pudo gritar una frase: ¡Papá nooooo! ¡No lo hagas, es mi amigoooo!- El papá percutó antes el gatillo y la bala atravesó su pecho cayendo pesadamente al suelo. El pequeño corrió a abrazar a su fiel amigo, llorando desconsoladamente, pero por suerte este continuaba respirando. El papá asombrado al escuchar como Dadito ya había recuperado el habla y además cómo este le hablaba en un extraño lenguaje, decidieron llevar al león de montaña a la posta médica de su pueblo donde lo anestesiaron para extraerle la bala y esterilizar la herida.   

El  veterinario que acudió al lugar les contó que el proyectil afortunadamente no había perjudicado su órgano vital. Por otro lado, los vecinos estaban atónitos cuando lo escuchaban al niño hablar con total fluidez y de ese  modo, no le perdían la mirada. Les llamaba mucha la atención verlo platicar después de muchísimo tiempo. La última vez que notaron esa facultad del habla era cuando él tuvo dos años de edad y que, a raíz de un resbalón mientras pastoreaba con su hermano mayor al rebaño de ovejas, se golpeó el parietal derecho de su actual cráneo achatado.

Al recuperarse de la operación, el felino fue desencadenado para llevarlo a la montaña y continúe con su vida, lógicamente que el pequeño no deseaba desprenderse de su fiel amigo, pero, le consolaba que lo iba a ver en las faldas del cerro. Siempre que iba a pastar el rebaño, el león de montaña se le acercaba y el gran Dadito se sentía tan bien protegido. Las aves se le acercaban y emitían cánticos hermosos, las tarántulas se le subían, y los colibríes se le posaban en las manos mirándole fijamente los labios.

                                                                                                    

                                                                                                    Salvatore Amauta (Julio César Salvador Encalada)

Poeta y cuentista peruano.

Asociación Actuales Voces de la

Poesía Latinoamericana (AVPL)  


  



23Dec
Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.