11 Mar
11Mar

AHORA QUE RECUERDO  


     —“Regrese a su tierra; allá lo están esperando”, recomendó don Recuerdo Del Bien a Enzo Buendía. No recuerdo el mes, fecha, día ni hora en que don Recuerdo hizo tal recomendación a Enzo, quien era un joven bastante parecido, sencillo, aparentemente huraño, inteligente, devorador de libros, de mediana estatura y que, por su abolengo reconocido en su entorno,  solía vestir a la moda pese a su carencia de recursos. Al oír tal recomendación de don Recuerdo, Enzo se estremeció y visualizó a su viuda madre Alejandrina —una flor bella de un vergel que fue—   en la ventana de su casa campesina, decorada por dentro con calendarios de años idos y por fuera con viejas macetas de geranios color rosa, a la espera de la visita de por lo menos uno de sus hijos.

       A la vez, Enzo visualizó a su madre, acompañada de sus añorados perros flacos y melancólicos, exponiendo, desde esa misma ventana que le infundía delgada esperanza, sus últimas y marchitas corolas a los rayos del sol. Visualizaba con nostalgia a esos rayos quemando a los cafetales y al jardín solitario del patio de su casa que se tragaba las lágrimas en silencio por quien fue su jardinero; la razón de esas lágrimas es porque habían pasado siete años que el jardín no sentía la caricia de las jóvenes manos de su jardinero, regándolo en verano y aporcándole sus tallos en invierno; esto, cuando ni las veraneras se desarrollaban y el río crecía y se llevaba el puente de madera por donde pasaría un sinnúmero de veces al pueblo más bullicioso cual mar abierto, por una carretera torcida como las costillas de un perro flaco de la comarca.

     Enzo había arribado a Solonós —tierra de don Recuerdo—, después de graduarse de su bachillerato con la nota máxima, pero sin beca alguna, sorteando así una serie de dificultades económicas; pero también de otra índole, como el riesgo de no ser aceptado como estudiante por la institución donde pretendía ingresar, ya que, por razones de las que no era él culpable, lo iba a hacer tardíamente, ¡después de dos semanas de iniciado el año lectivo! Recuerdo, que, después de graduarse de esa institución con altos honores, se dedicó a buscar una plaza de profesor en el contexto de ese entrañable suelo del centro de América; suelo que había sido construido con piedras planas y puntiagudas, y sostenía el peso de casas tanto frías como acogedoras de adobe, piedra y cemento, en las que por más de una vez se había hospedado, había comido tortillas de maíz y tamalitos de chipilín, y se había enchilado más de una vez.

      —“Solonós, y sus extensiones, es una tierra ya de dueños”— acotó don Recuerdo Del Bien. Enzo lo miró callada y fijamente. Es que en esos años azulados en los que a él le florecía la vida y los sueños por alcanzar a golpe de imposibles lo que deseaba, don Recuerdo, que era un binacional, regía los destinos de esa tierra solonense, tierra del libro, del saber, de la honestidad, también de las apariencias de amor y otras cosas bonitas y feas. Enzo, entonces, apretó sus manos sudadas, sintiendo al mismo tiempo impotencia, rabia, vergüenza y desazón que se guardó en sus adentros. No supo que replicar. Y se sintió un “don nadie”.

       Pero pudo levantarse, despedirse y salir, creo recordar, sin saber a dónde, pensando que todo mundo había oído lo que don Recuerdo le recomendó y acotó. Vi que sus lágrimas rodaban por donde ya no había espacio en su ser. También vi que alguien le abrazó el alma y se la arropó con su señorío; además, esa persona le llenó a rebosar su corazón, pero no de sangre, sino de su amor, aunque que él sabía y no sabía cómo derramarlo sobre las sequías de su camino. No me cabe dudas que Enzo, al igual que el Zaratustra de Nietzsche, había confirmado en su temprana edad lo que él había aprendido en aula, mas no todavía en el trajín de la vida: el bien y el mal de muchos pueblos y tierras, y que siempre hay noches al lado de la luz del día y hay luz del día al lado de las noches más espesas.  

     Supe que, desde entonces, a Enzo le parecía que, en cada invierno y verano, las tierras solonenses despedían un olor a ajeno en vez de humedad y polvo. También supe que la nostalgia lo invadiría más que antes, especialmente durante lo azulado de esas tardes parecidas a las que vivió en su infancia, mucho más cuando el día se iba apagando a sorbos bajo el cielo inmenso de Solonós. Se consolaba leyendo de vez en cuando los retazos de cartas de su madre y hermana mayor que le llegaban por correo postal, también pidiéndole — ¡qué coincidencia!— su regreso y compartiéndole sobre las novedades de la familia nuclear y extendida.


George Reyes

Poeta, ensayista, editor y crítico literario ecuatoriano-mexicano.

Fundador/Director de la Asociación Actuales Voces de la Poesía

Latinoamericana (AVPL) y de AVPLA-Revista de Poesía


11Mar
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