11 Mar
11Mar

LA POESÍA DE CECILIA ORTIZ CAPTA

Y DETIENE LA VIDA EN EL TIEMPO   


“…el poema es vía de acceso al tiempo

puro, inmersión en las aguas originales 

de la existencia. La poesía no es nada

sino tiempo, ritmo perpetuamente

creador”.

O. Paz, El arco y la lira


     Andrés Téllez Parra opina que es el poeta quien puede captar algo en el tiempo y detenerlo “en una palabra  a través de la forma que apresa ese flujo indefinible que Octavio Paz llama poesía: el poema”.   Y en esta pericia, no es la excepción la poeta argentina Cecilia Ortiz, una de las más destacadas voces de la actual poesía latinoamericana;  ella capta y detiene en el tiempo la vida con la palabra poética de la cual ella es dueña y señora en su larga trayectoria por las letras de nuestra región latinoamericana.

        Como impulsor del homenaje que el Grupo de Poetas y Poesía Emergentes Tu Voz  rinde a Cecilia con la dedicación que a ella y su obra hace del número cuatro de su antología anual, deseo en  este ensayo acentuar todavía más ese homenaje; de ahí que mi propósito sea realizar una lectura crítica de su poesía, que nos permita no solo explorar la manera  cómo ella capta y detiene en el tiempo la vida, sino también poner en evidencia la calidad estética de su obra; pensamos que esto es importante  en un contexto como el nuestro marcado por la muerte —incluso por aquella que va más allá de la física— y por una falta de afirmación de aquellas voces de la poesía que por su singularidad pueden constituirse en modelos de las nuevas generaciones.  

        Aunque el propósito  pareciera ambicioso, no lo es por las razones siguientes. La lectura que pretendo no aspira ser ni exhaustiva ni académica; pretende apenas un acercamiento hermenéutico interpretativo, del cual se espera sea, en alguna medida, concordante con la intención comunicativa de su creadora.  Habría que tener presente, además, que ninguna lectura, ni siquiera la que se precia de exhaustiva y activa, es capaz de agotar la riqueza total de una obra ni captar ni vivir la experiencia estética total que ella pueda desplegar sobre sus lectores.

Poética  de Cecilia

         El misterio de la poesía nos pone frente a otro misterio no menos importante: el lenguaje especialmente poético; esto es porque este lenguaje no solo es el ámbito de lo emotivo y de la simbolización, sino también, por el mismo hecho,  ambiguo y equívoco, conteniendo elementos no expresamente dichos. Esta es la razón por qué en una obra estética habita siempre un contenido textual latente o implícito  —esperando un procedimiento hermenéutico interpretativo que lo explicite—;  a este contenido muchas veces el lector le atribuye cualidades que no están en ella, sino que las trae de su experiencia u horizonte de expectación.   He aquí el desafío con el que el lector se enfrenta también con la poesía de Cecilia Ortiz, en la cual habita  un contenido latente o implícito.  Pero, ¿cuál es ese contenido? Responder a esta pregunta exige, con todas las salvedades ya expresadas,  un análisis de su obra, encaminado a develar la captación y detención mencionadas, y a resumir la experiencia estética sobre el lector. 

       El poema, opina Octavio Paz, es un organismo verbal que contiene, suscita y emite poesía. Y algunos de sus ingrediente, que le otorgan  magia, son el ritmo,  —que encanta al lenguaje y distingue al poema de otras formas literarias—; las imágenes; los patrones fónicos y otros más que constituyen las fuerzas secretas de un idioma.  La poesía de Cecilia contiene esos ingredientes en abundancia, pero me limitaré a mencionar apenas unos. Para ello tomo los siguientes versos de tres de sus poemas que tengo a la mano:

Tiempo y espacio/caben en mis manos/La espera/no encuentra sitio/se agolpa contrae adormece/Sube al techo y cae/cae siempre/sobre la espiral de mi figura/y la mirada ausente/apresada/por la bruma de segundos/ Espacio en lejanía/polvo silencio    horizonte/y la espera/límite desnudo de tiempo.

        En estos versos, la experiencia del ser-ahí —yo lírico—  es comunicada en versos deliciosamente rítmicos en los que hace gala del recurso poético de personificación y de un vuelo filosófico sobre el tiempo y el espacio. En su experiencia, este ser se ve obligado a soñar una realidad que le parece posible, ya que el tiempo y espacio caben presos en sus manos. Y es en ese tiempo y espacio en sus manos, donde se desgrana la espera y la esperanza y vida sosegada le es posible; pero esa espera le es como un ser impaciente o rebelde que no encuentra ningún espacio cierto. Con todo, aun cuando se siente como lanzada a la lejanía, el ser-ahí espera la espera que no es más que un “límite desnudo del tiempo”.  Su sueño es el sueño de la realidad misma que no tiene otra substancia que la de inventarse y soñarse, como decía Octavio Paz respecto a la poesía del poeta de América: Whitman. 

          En el tiempo, que envejece, aleja y duerme al ser, la muerte no es sino una de las dos caras de la condición humana universal; la otra es la vida.  Y Cecilia sabe revelarlo en su poética con el uso de algunos de los ingredientes de la naturaleza intrínseca  de la poesía de nivel ya mencionados (ritmo, imágenes, etc.). Su acróstico “Verano” es ilustrativo:


Veo luz franca/el color azul noche/por fuera de mí./Escucho llorar/el horizonte plano/al sur del mundo./Rueda el aire/bajo lunas con hambre/y ojos nuevos./ Alumbro voces/han llegado/canciones/-pájaros libres-/Niego palabras/ligeras cicatrices/sin esconderse./Oigo latidos/es la piel universal/-amanecerá-.


        En estos versos, derrochando imágenes que trafican seguras por la ruta del verso, la poeta parte de un instante negativo. La luz espléndida y el color azul  —símbolo cristiano de la vida celestial—  combinado con el color noche —frecuentemente símbolo poético de dolor, apatía, etc. —  están fuera de ella. No obstante, pese a todo lo que escucha y ve, la luz le vuelve, a tal punto que, como si fuera, puede alumbrar voces, ver llegar canciones/-pájaros libres- y oír latidos y otra vez esa esperanza o sueño de un mundo  mejor floreado y coronado de liberación o vida: “-amanecerá-”. Los siguientes  versos del poema “Lenguaje” continuarán discursando sobre esa vida revelada en su sangre, para lo cual su poesía tiene la capacidad mágica y primigenia de nombrar con la palabra “alas, con las que podrá no solo acallar miedos y ser cual pájaro que alza el vuelo hacia la liberación o libertad, sino también detener en el tiempo cronológico y escurridizo ese instante de libertad:


          Libre mi sangre/revela esperanza/y duele más./Espero sentir/ latidos de palabras/por sobre mi piel./Nombraré alas/para acallar miedos/y ser pájaro.


          Lo anterior no es todo. Su voz, como si tuviese un poder sobrenatural, se yergue  guardiana, unificadora de espacios, donadora de lo imposible y deconstructora de sombras que vienen a ser  su propia sombra. Y es, entonces, cuando con belleza metafórica expresa  que le llega el júbilo del sol y el diálogo continuo que la llena de luz, alegría o, en suma, vida:

Guardiana mi voz/cubre la intimidad/de lo sagrado./Une espacios/abre lo imposible/y borra sombras./Alguien me nombra/en un sueño sin color/-mi propia sombra-/ Júbilo

del sol/semillas de poemas/todas las voces./Es una llave/que se expande sola./Hablemos siempre.


         En conclusión, si bien, como hay quienes piensan, intentar desde la perspectiva de un poeta/lector/crítico una exploración del elenco de motivaciones sicoexperienciales que mueven a un poeta a escribir es una tarea imposible; esto es porque, según se piensa, no hay cauces comunes a los cuales  todos nos podamos acercar para beber y luego producir. Esto puede ser verdad, pero en la crítica literaria no cabe el nihilismo. De ahí que sea legítimo por lo menos balbucear que la poética de Cecilia, heredera del verso libre,  no brota de la nada ni de la imaginación total; brota de su experiencia cotidiana que le permite elevarse a la imaginación poética mediante el uso de un lenguaje figurado, como cuando canta, sueña y espera  que el tiempo y el espacio quepan en sus manos.  

          La poética de Cecilia es, primeramente, un acto de introspección, es decir, un acto que expresa experiencias íntimas, amargas o dulces, o ambas cosas a la vez;  como sintiéndose arrojada en el vacío del mundo, procura reunirse consigo misma  en una especie de complot para expulsar líneas experienciales agradables, a fin de  revelarlas y detenerlas mediante la palabra poética.  La poética de Cecilia se revela a favor de ella misma como un descanso del horror del vacío. Es el llanto del recién nacido que llega a un mundo que le es inhóspito. 

        No sería exagerado afirmar que la poética de Cecilia revela la condición humana universal de sufrimiento y muerte después del fracaso adámico del Edén; pero, al mismo tiempo, revela la vida, que Cecilia la encuentra en la palabra poética y la procura detener con ella, contrariamente a la poesía mística que la encuentra en el Verbo encarnado y la detiene con el amor, la entrega y la fidelidad al mismo. Es que, a diferencia de las Sagradas Escrituras, la escritura poética es la revelación que el humano se hace así mismo.


Captación  y detención de la vida en el tiempo


          La luz y vida son captadas también por la poética de Cecilia. Si desde que se nace la vida es un permanente estar en lo extraño e inhospitalario, ella es inseparable del ser-ahí en eso extraño e inhospitalario; por eso la vida es también un estado poético que permite el surgimiento del verso de luz. Pero es como si  Cecilia quisiera detener esa vida en el tiempo efímero, río mudable, extraño y hasta inhóspito que ella vive y vivimos todos. Por eso es que “la labor del poeta”, opina Téllez Parra, “se cifra en la paradoja de establecer lo permanente dentro de lo mudable; recuperarlo del devenir y fugaz”.  La muerte y la vida son dos binarios permanentes dentro de lo mudable: el tiempo. Y Cecilia los ha captado y detenido con su palabra poética artística nacida de su intencionalidad. 

        La tonalidad positiva, pues, está escondida en la poesía de Cecilia. Si esto es así (y se cree que lo es) su poética revela otra verdad universal: que el ser no es únicamente un ser para la muerte o el polvo, sino también para la vida. Vivir es ir adelante hacia la auténtica vida. Cecilia alude a la filosofía cristiana. 


Experiencia estética del lector


       ¿Qué ganamos con los juicios artísticamente valiosos sobre la obra de Cecilia? La palabra poética de Cecilia nos apercibe de un mundo textual donde el ser humano no es un ser solo para la muerte o el polvo; es también un ser para la vida dentro de lo mudable y efímero, y para lo inmudable y eterno.  La alta y profunda poesía de Cecilia tiene la capacidad de hacer vibrar al lector por la belleza estética y la riqueza de contenido que posee. También tiene la capacidad de filosofar,  nombrar, detener y  de estimular al lector a introducirse en el mundo hermético del discurso, a hacerse conjeturas sobre el mismo y a vivir, aunque sea por un instante, como en un espejo que no es mudable y amargo, sino como el agua dulce y quita. 

        Cecilia y su poesía no tienen que buscar, pues, un lugar en el panorama de la actual poesía latinoamericana ni entre sus nuevas voces. Si pensamos, por ejemplo, en estas nuevas voces como el periodo de búsqueda de modelos para afinar la propia voz, en Cecilia encontrarán un  modelo aceptable. Hay quienes piensan que cada “técnica poética”, con la que se crea cada poema y verso, es intransmisible porque no está formada de recetas, sino de invenciones que le sirven únicamente a su creador.  Sin embargo, esa técnica queda plasmada en el poema y verso a la disposición de los lectores más avezados.


        1   Andrés Téllez Parra, “¿Quién capta en el tiempo que se desgarra algo permanente y lo detiene en una palabra”?, en Gloria Prado G. y Andrés Téllez Parra, coords., Neohermenéutica: literatura, filosofía y otras disciplinas (Ciudad de México: Universidad Iberoamericana, 2009), 87. 

          2  Cecilia es integrante de  la Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana (AVPL) y del Grupo de Poetas y Poesía Lírica Emergentes Tu Voz,  fundado y presididos por el poeta y ensayista ecuatoriano-mexicano George Reyes, en el cual ella es Miembro de Honor 2019.

          Pienso que la función del lector no es ser cocreador de la obra estética como sostiene la teoría literaria neocanonicista posmoderna actual. Su función es leer la obra y respetar en la medida de lo posible la intención comunicativa de su creador, aun cuando una obra literaria sea fruto más que del espíritu humano. Y podrá respetarla si presta atención a los indicadores que emanan de la obra misma y que guían su lectura,  si bien nunca pueda estar totalmente atado a ella.


           4 Por contenido me refiero aquí al “mundo” del poema, es decir, a todo aquello que este expresa o refiere que podría denominarse también como “mensaje”, aunque habrán quienes impugnarían esta designación última.

            5 Soy de la opinión que la poesía lírico-artística es para disfrutarla e interiorizar sus valores estéticos. Pero este fin no significa que ella carezca de intención comunicativa, aunque esta sea clara solo para su creador, ya que el poeta es en primer lugar poeta y después comunicador; tampoco significa que sea cien por ciento producto solo de la imaginación de su creador.  Ningún poeta tendría únicamente el fin de satisfacer su necesidad  de expresión introspectiva con la que, por una pulsión afectiva, sentimental, empírica o cultural, se ve obligado a volcarse comunicacionalmente en un papel; el poeta crea mundos alternativos en sus  poemas  con fines también comunicativos/cognoscitivos/denotativos. Si esto es así, se justifica tanto la reflexión hermenéutica como la interpretación del aspecto semántico del lenguaje poético.

             6 Otra razón podría ser el presupuesto de la autonomía del texto respecto a su creador y circunstancias de vida, basado sobre otro presupuesto “el autor ha muerto en la obra” —repetido desde Roland Barthes—  y propagado por la teoría neocanonicista posmoderna. De ahí que hayan autores que piensan que toda obra implica necesariamente una actividad cocreadora de su “mundo” por parte del lector. Sin embargo, como ya dijimos, si el lector se libera por completo de la obra y no se preocupa por aquellos indicadores ostensivos (demostrativos, adverbios, pronombres personales, tiempos verbales, etc.)  que guían la lectura, la desviación y manipulación de la obra está casi asegurada y una aceptable comprensión de ella es imposible. 

                  7  Octavio Paz, El arco y la lira: el poema, la revelación poética, poesía e historia. (Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1986), 14. En la página 56 de esta misma obra, Paz abunda argumentando que el poema es un conjunto de frase, un orden verbal, fundado en el ritmo. 

             8 Uso aquí la expresión filosófica muy conocida de M. Heidegger “ser-ahí” como sinónimo de ser humano en el mundo. También la uso como sinónimo  de la figura del “yo lírico”, pero que, en todo caso, es la poeta misma; esta es la razón por qué frecuentemente menciono su nombre en vez de hablar de un  “yo lírico”.

          9  Téllez Parra, “¿Quién capta en el tiempo que se desgarra”?, 89.

         10   Hay que recordar que el arte no es una atribución que se da a las cosas, sino un producto humano que ha nacido de una intencionalidad. En el caso de la poesía, compendio de las artes, esa intencionalidad es la del poeta. 


PhD. George Reyes 

 Fundador y Presidente de la Asociación Actuales Voces de la Poesía Latinoamericana (AVPL) y de la revista Avpla-Revista de poesía.


11Mar
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